La arquitectura de lo cotidiano
Una conversación con Julia Ruiz y Alma Tourrès, directora general y directora de operaciones de Hotel Brummell. Desde el primer día, ellas estuvieron ahí, viendo cómo Brummell se transformaba de una idea ambiciosa a un hotel que no solo destaca, sino que define el alma de su barrio. Hablan las dos mujeres que lo han vivido todo: desde los primeros tropiezos hasta los momentos más brillantes. Entre risas, desafíos y secretos que pocos conocen, nos contaron la historia detrás del hotel más auténtico de Barcelona. Porque, como dirían ellas: “la verdadera magia no está solo en los detalles, sino en todo lo que nunca se ve”.
Alma, llevas 10 años y 10 meses trabajando en Brummell. Hiciste mi entrevista junto con Christian, justo después de habernos conocido en un after unos meses antes. ¿Cómo conociste tú a Christian? ¿Y por qué me invitaste a esa entrevista aquel día?
Conocí a Chris por la pareja de un amigo, que diseño los primeros bocetos del logo y de la imagen, que no se usaron pero que guardamos con mucho cariño. Me acuerdo como si fuera ayer, era mi primer lunch profesional. Fui sin ningunas expectativas, ni pretensiones, fue super divertido y me fui con muchas ilusiones. Soy muy de sentir, y contigo fue igual: un match, un móvil idéntico, rosa, unos bailes. Y encima trabajabas en hoteles, todo era meant to be — Mektoub.
¿Sabes qué? Recuerdo claramente cuando pensé por primera vez, “Esto va a ser una puta maravilla”. Fue el momento en que entré por primera vez al hotel y vi lo bonito que era. También recuerdo la primera vez que pensé “esto será divertido” (nótese la ironía), cuando vi que nadie en el equipo tenía mucha experiencia en hoteles. De hecho, una de nuestras primeras recepcionistas no quería cobrar con el datáfono porque ella era “artista”.
¡Efectivamente, un gran panorama! Tengo la sensación de que fue ayer. Creo que, más que el proyecto en sí, en el momento en que empecé a trabajar con Chris, pensé: “esto me mola, y mucho”. Para mí era un hecho que iba a ser algo chulo, sin saber muy bien el camino, ¡y mira ahora!
¿Y recuerdas los primeros días de caos? ¡El día de apertura, para empezar, no teníamos luz. Llegaron los primeros huéspedes sobre las 12 del mediodía y hasta las 16h no se encendió la primera bombilla. Todo siempre, al límite!
Y espérate, las primeras camas que tuvimos que hacer con Lumi. Las dos, chiquititas, envueltas en las sábanas sin entender absolutamente nada. En francés se dice algo así como: “una gallina que encontró un cuchillo”. No podíamos parar de reír. Nuestro comercial vino al rescate, imagínate su cara. Y hablando de huéspedes: ¿Te acuerdas de aquella historia?
Uau, creo que nunca podré olvidar el día en que llegué por la mañana al hotel y me avisaron de que en una habitación habían entrado unas chicas de compañía que estaban enfadadas porque los clientes no querían pagar el trayecto de taxi hacia el hotel. A los pocos minutos, llegaron sus pimps, que, con un tono muy amenazante, me obligaron a subir con ellos a la habitación del cliente para que yo hiciera de traductora (creedme, no me quedó otra alternativa que subir). No quiero alargarme demasiado, pero vi una pistola y acabé pagando yo el taxi de las chicas para que la historia no fuera a más. Eché tal bronca a los clientes, que dejaron la propina más grande que he visto hasta el momento.
¡Sí! No puedo creer que haya pasado. Pero hay algo que siempre me hace pensar: “esto es exactamente por lo que amo este trabajo”. Esas pequeñas locuras, esas soluciones que conseguimos encontrar en un destello. Son esos momentos inesperados los que hacen que todo valga la pena.
¿Cuál es esa anécdota favorita que siempre te hace reír? La mía es en el encierro del Covid, cuando nos instalamos en la Penthouse durante un par de meses con la excusa de regar las plantas del hotel. ¡Éramos las personas más bronceadas del barrio, escuchábamos a Britney con un altavoz portátil y nos escondíamos cuando pasaba un helicóptero de la policía!
¡Sin olvidar todas las botellas que nos bebimos mientras contestábamos millones de emails de fin del mundo! Pero para mí, la que sigue sacándome lágrimas fue la mejor frase de ligue que escuchamos. Una tipa se acercó al sofá en el lobby, delante de recepción, miró a Christian a los ojos y, con cara de “experta”, le soltó: “¿Mmmmh, qué tal?… Oye, tú méteme solo la puntitaaa. ¡Vaaaa!”
¡Jajaja! No puedo creerlo. Definitivamente, nunca lo olvidaré. Hostia sí. Y la cara de Christian…
Y tú, qué recuerdas?
Uf, estoy entre el recuerdo de cuando me hicisteis protagonista de un videoclip en el que tenía que hacer lipsync y bailar imitando “Hideaway” de Kiesza (y esto antes de TikTok, ya íbamos un paso adelante), y el otro recuerdo, cuando nuestra gobernanta Lumi apareció con algo que encontró entre las tumbonas de la piscina, preguntando qué era y dónde dejarlo (el objeto perdido era un dildo doble rosa Barbie). ¡O cuando otra de las chicas aseguraba que en la planta 6 había un fantasma: estuvimos dos semanas acompañándolas porque les daba un miedo terrible! Por suerte, luego se les olvidó.
Lo que más me gusta en secreto de trabajar aquí: aunque suena un poco ridículo, es compartir con este equipo, crecer juntos, llamarnos viejas, y mandarnos selfies de feas.
¡Totalmente! Y el placer de dirigir un hotel boutique es precisamente ese: al final, todo lo que creamos tiene un toque personal. Lo que más me encanta es ver cómo los huéspedes se conectan con el espacio de formas que nunca hubiéramos imaginado.
Si el hotel fuera una persona, ¿cómo sería en una fiesta? ¿Sería el alma de la fiesta o el misterioso que se queda en la esquina? El alma de la fiesta que quema la pista de baile. Hace coreografías, tira purpurina, y dice “te quiero” a sus amigos.
Me gusta pensar en el hotel como un adolescente que descubre el mundo: un veinteañero al que le encanta la moda, ir bien vestido, pero se pone tierno cuando ve a sus amigos y a la gente a la que quiere. Divertido con los suyos, y un tanto tímido con el resto.
Qué harías diferente si pudieras volver al principio?
Si pudiera volver al principio, sinceramente no cambiaría casi nada. Me alegra saber que siempre nos hemos renovado, hemos hecho cosas creativas y realmente divertidas, y creo que me asombraría saber que tanto tiempo más tarde, seguimos siendo las mismas. Han pasado muchas personas por Brummell y tenemos recuerdos entrañables de cada una de ellas. Todas ellas han dejado un poco de su huella en estas paredes.
¡Eso es lo que me encanta de este lugar! No hay fin a la reinvención. Cada día es una nueva oportunidad para hacer algo diferente. Y eso, sin duda, es lo que hace a Brummell tan especial.